Simone Weil o el martirio Etico

No todo vale lo mismo. La auténtica libertad, la de cómo deben ser las cosas, es la que –consciente y voluntariamente– posibilita una moralidad absoluta en una sociedad libre. Absoluta en el propio sentido del término: sin condicionamientos, ni atenuantes; pues, lo primero, de manera exclusiva, es la dignidad innegociable de la persona. Lo que es ética, lo es sin peros. Lo que realmente posee valor, no es selectivo. Sin medias tintas. Es la actitud de Simone Weil, la pensadora francesa, quien no podría estar más lejana de la postura de Ayn Rand.

Pero, lo que aquí me interesa, es la actividad profética, sobre todo, al interior de una civilización, como la de Occidente, que pronto mostraría una crisis profunda, la del sentido moral de la justicia. El olvido del bien. En su célebre Borrador de las Obligaciones Humanas, defiende el derecho como justicia obligatoria de y para cada persona, de satisfacer sus necesidades sin atenuantes. Weil es una testigo lucida –aunque nadie le presta atención– del resquebrajamiento moral que se ha propagado al interior de las democracias liberales. No genera la atención que hoy, la intelligentsia ideológica, confiere a Ayn Rand dentro del progresismo de derechas y menos, de Simone de Beauvoir, entre las feministas de izquierda. Pero, creo que, en esa falta de corrección política radica, precisamente, la verdad insondable de su advertencia a nuestra cultura: la de volver a sus fundamentos, la de la moral del bien.

LA MORAL ES LO QUE ES, O BIEN, NO ES MORAL

Weil es una enamorada de la filosofía griega. Y como helenista ve, como sus antepasados clásicos, que la realidad está ahí, esperando, abierta para un encuentro, menesterosa y que como tal, revela su permanencia, estabilidad, firmeza, envuelta en su multiplicidad, cambio. Que hay cosas que están detrás de las cosas. Que no todo lo que aparece, a los ojos, o al tacto, es lo que hay. Hay más. Como Platón, percibe la realidad como dual, aparente y real, donde lo primero cubre con su velo misterioso a lo segundo. Que hay un cuerpo, y también un alma. Valores materiales y valores intangibles. La realidad de los derechos normativos y la del bien que subyace bajo el flujo histórico. Y que, de esto, hay signos inequívocos en la experiencia humana: los del amor incondicional, la caridad infinita, y, sobre todo, la ética del heroísmo.

Weil va a la raíz. Su noción de justicia es primordial, básica: no se debe dañar a nadie. Bajo ningún aspecto. Total. Incondicionalidad que nace del bien de la persona, que posee un valor absoluto. Valor perdido en la cultura actual, pero que tampoco, Weil reconoce en “La Ilíada”, o el poema de la fuerza, se ha dado en culturas heroicas, como la homérica, donde el poder era también el protagonista. La astucia de Ulises o la gloria de Aquiles apuntaban al poder. Siempre el fantasma del poder, la misma pretensión que se repite en la modernidad ideológica, nacida del vientre intelectual de Maquiavelo. Donde el poder, persuasivo y engañoso hace de las personas aparejos, pequeñas baldosas donde pisar para construir el sistema político, incluso el de los derechos, fundado en preferencias. Es el canje de la dignidad –concepto “estúpido” para el iluminismo actual de Steven Pinker– de la persona sin más, por sus deseos, intereses. Pero la moral no es lo que uno quiera que sea, refutaría Weil.

Y aquí viene la provocación más notoria: los derechos, en plural, parecen haber desplazado –revelando una deficiencia en la tradición jurídica– al bien, algo permanente. El olvido, de nuevo, del bien. Y así, pluralidad, inflación de derechos nacidos del querer, la mera voluntad de los individuos, proliferan. Tantos derechos como tantos deseos. Y todo, dando la nota a la disonancia de la modernidad democrática: una convención liberal de derechos en donde, al no proponer nada como absoluto, convierte todo en negociable.

Y si todo es negociable, forcejeo, lucha de poder, solamente el mercado, o el dinero, o los populistas, sin más, determinarán lo justo. Y presumiblemente, lo que es el derecho. Es el modelo de una sociedad que tácitamente confiere autoridad a grupos, o mayorías, que deciden quien puede hablar legítimamente y quien no, expandiendo su dominio y, últimamente, quien vive o no. Sociedad del descarte la llamaría el papa Bergoglio. Hablar de derechos es hablar, hoy, de choques de lo relativo. Piénsese solo en el conflicto entre los derechos de personas transgéneros, de autopercepción femenina, aunque biológicamente masculinos, de participar en torneos deportivos de mujeres, auto percibidas y biológicamente femeninas ¿Se podría hablar así de igualdad? ¿No habría una naturaleza personal dada –palabra prohibida para la inteligencia “proderechos”– que daría una ventaja a las primeras sobre las segundas?

PRIMACÍA DEL BIEN SOBRE LOS DERECHOS

Se ha olvidado el bien. El bien, insisto, de la persona que, cuando se imposta en la sociedad, se transforma en bien común. Común a todos, en su belleza, como una sinfonía de Beethoven: sublime, independientemente de que uno sea sordo o no lo sea. Bien que se colma con la satisfacción de las necesidades del cuerpo, alimento, salud, ropa y servicios, pero también, bienes espirituales, libertad de conciencia, religiosa. Bien común que no es lo mismo que mero bienestar general o, en estricta línea individualista, que la suma de intereses del tráfico de libertades. Es la obligación debida a la humanidad de la persona.

Hoy, esta concepción, es dejada de lado, como anti pluralista, cuando no, excluyente, acusada de intolerante. Exclusión que Weil, en su vida, desmintió, no solo con sus ideas sino, más de una vez, con su testimonio personal. No solamente recibía la escasa ración de comida de los franceses en la resistencia, sino que enviaba a la gente pobre sus cupones de racionamiento. Es la obligación moral de toda persona a hacer todo lo que esté a su alcance para satisfacer las necesidades de cuerpo y alma de los otros. La base de la sociedad y el derecho no surge del egoísmo ético o de las preferencias emocionales, sino del valor profundo de la persona. Si el lector tuvo la paciencia de llegar hasta aquí, de seguro se preguntará: ¿cómo hacer para conciliar esos mundos tan diversos? Con la libertad, esa capacidad de elegir entre un bien en sí, como Weil y aquellos que no creen que exista ese bien absoluto anclado en la trascendencia como norma de lo justo. Aunque, reconozco, esa sea la ilusión del martirio ético.

Publicado en

LA NACION

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