Una evocación de Adriano Irala Burgos

La vida es un haz de posibilidades

Adriano Irala B.

Se cumplieron los veinte años de la desaparición física del filósofo paraguayo Adriano Irala Burgos (1928-2003). Digo física, pues, habiéndolo conocido de cerca, tenía fe en la vida eterna. La existencia como totalidad continúa –nos decía– en la comunión de los santos. Adriano era un filósofo cristiano, heredero de la rica y milenaria tradición de Occidente, siempre atento a la marcha del pensamiento del siglo veinte.

–Vengo a hablarles del amor– dijo de manera abrupta en la primera clase que lo conocí a fines de los años 1970. –Y de la filosofía, la lechuza– prosiguió.

–Pero no vengo a explicarles nada, sino a compartir con Uds. una experiencia que ha nacido hace más de dos mil años que, espero, sea también la de Uds. Es el amor– concluyó.

Nuestra vida, para ser humana, se enriquece con encuentros sorpresivos, fugaces, encuentros que marcan nuestra existencia. Nuestra vocación se forja de esos momentos irrepetibles. Ese instante, para mí, tuvo lugar en aquella clase.

–Quiero leer con Uds. algunos pasajes del Banquete de Platón– anunció. Nos miró a los ojos y comenzó a desgranar la historia de Diotima, Alcibíades, Sócrates, Erixímaco, Pausanias, de aquel ser andrógino, mitológico de Aristófanes, del amor como ansia anhelante de la mitad que nos falta. Hacía preguntas. Nos cuestionaba. Su diálogo era intenso. Impredecible. Aquel texto era una partitura viva, hablaba, tenía vida. Sócrates se encarnaba en Adriano, gesticulaba, inspiraba, atraía. Sócrates estaba ahí, era nuestro profesor, contemporáneo nuestro. Eso fue todo. Aprendí que la Filosofía es amor y el amor es, en última instancia, lo que da sabiduría, plenitud al ser. Pero ¿qué era la filosofía para Adriano? Brevemente, yo lo miraría en tres dimensiones: la realidad como suelo nutricio epistemológico; la persona como haz de posibilidades y la democracia como modo de vida política que posibilita el bien común.

La realidad: suelo nutricio

La reflexión se inicia desde las cosas –advertía Adriano– Como Aristóteles y Tomás de Aquino hasta los fenomenólogos existenciales, afirmaba que la tarea era recuperar la experiencia originaria del mundo. Experiencia tergiversada y ocultada por las ideologías parciales, reductivas, interesadas. Esa reflexión, sin embargo, no pretendía ser “original”, pues, nadie es adánico. Originaria no significa original. Originaria pues se ciñe al suelo nutricio de las cosas, en una tradición y, sobre todo, en una precompresión de la vida que todos acarreamos. Surge de una gota de rocío donde la más humilde intuición sensible está ya preñada de metafísica.

La filosofía da razones de esa experiencia prefilosófica en un discurso racionalmente coherente. Es histórica. Vive de y en la historia. No en la historia como arqueología o hechos pretéritos sin más sino en la historicidad humana. Es un pensar desde el pasado. Sobre lo-que-es-ya-allá, pero nos hace ser lo que somos. Por eso está simbolizada por la lechuza, el ave de Minerva, que levanta vuelo al atardecer. Cuando ha terminado el día. Es una deliberación ligada al pasado, en lo cual nace y se expresa, por vía del lenguaje.

Persona: haz de posibilidades

Por eso los filósofos no sólo se critican y se comprenden, hay un diálogo entre ellos, sino y, sobre todo, juzgan la realidad. Existe una reciprocidad de razones, de argumentos. Son fieles a lo que Adriano indicaba como centro de su preocupación: la fidelidad a la existencia humana. Esa existencia incluía el saber prefilosófico de la fe cristiana. Nadie es neutro. La presunta neutralidad es un prejuicio inventado, junto a la peluca, –nos dice el filósofo actual Alasdair MacIntyre– por los iluministas liberales del siglo diecisiete.

Por eso nuestra vida exige una pregunta personal: tomar partido y tener parte. Nuestra experiencia no es indiferente. Filosofar es serio, porque partimos de nosotros mismos. Somos –repetía Adriano de manera insistente– un haz de posibilidades. Alguien en camino. A realizarse. No reducidos a un haz de propiedades. No somos cosas. Solamente los seres humanos existen propiamente y no se reducen a meros objetos. Tanto el naturalismo como el espiritualismo son falsos, reductivos. Somos una interioridad en salida. La persona humana, cada uno, no es clausa, cerrada, incomunicable.

Democracia: des-totalizar la realidad

Pero no todo queda ahí, en el yo. El personalismo de Irala no se agota en su mera descripción fenomenológica. Exige un compromiso con la realidad política. El filósofo debe comprometerse con la verdad, la justicia, los derechos humanos. Las abstracciones no son suficientes. No es el caso –repetía– de plantear falsas alternativas: o bien el individuo o bien la sociedad. Ese sería un diseño erróneo. El ser humano es ya un individuo-social. Hay que hablar de la co-presencia del yo-nosotros-naturaleza, mediados por el trabajo humano. Y la democracia facilita el lugar para su expresión libre.

Por eso Adriano rechazaba, apasionadamente, la cerrazón de las ideologías –los ideologismos – que muestran un rostro restringido y por lo mismo falso de la realidad. O del mito narcisista histórico que sueñan con un eterno retorno sin asumir la modernidad. La idealización del personaje mítico sean el héroe nacionalista, López o Francia, como también otros personajes del panteón liberal. El mito no sólo no confiere un futuro –proyecto de país– sino genera un presente acrítico. Era la actitud fanática de creerse el ombligo del mundo – aseguraba. La verdad para Adriano estaba en la totalidad de los factores de la realidad. Verdad arribada por el diálogo que fuera suprimido por la dictadura de Stroessner –que nos cortó la lengua– decía. Por eso, la filosofía, como la obra de arte y la palabra de la fe, consideraba los medios de des-totalizar esa realidad ahogada por la dictadura, así como ideologismos y narcisismos históricos.

La Filosofía para Adriano era todo eso, y mucho más. Era, sobre todo, una vida. No era un discurso formal sino una manera de comunicar una vida. Una conversación sobre la vida y no una repetición de citas y frases baratas –decía–. ¿Qué más agregar? Que Adriano fue más que un mero profesor de filosofía, fue un maestro. Un filósofo. Ayudaba a pensar de verdad y en verdad, y, sobre todo, a hacerlo libremente en un tiempo en que la opresión política hacía ese ejercicio peligroso. Las nuevas generaciones deben evocarlo, conocerlo. Sería liberador de la misma opresión que hoy, en este enmarañado y confuso tiempo, los jóvenes sufren por la ausencia de la filosofía que se convirtió hoy en un saber indeseable e innecesario por los burócratas de la educación y sus cómplices políticos.

Pubicado en La Nacion

https://www.lanacion.com.py/columnistas/2023/11/26/una-evocacion-de-adriano-irala-burgos/

 

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