Jürgen Habermas y la necesidad de la religión para la democracia
“El Estado liberal, vive de presupuestos que él mismo no puede garantizar”. Con esta célebre tesis o teorema de Ernst-Wolfgang Böckenförde, Jürgen Habermas abrió en 2006 el debate con el entonces cardenal Joseph Ratzinger. Habermas, fallecido hace unos días a los 96 años, fue una figura central del pensamiento contemporáneo. Nacido en 1929, tuvo una contribución filosófica muy importante: La teoría de la acción comunicativa, según la cual la racionalidad humana se realiza plenamente en el diálogo, no como mera razón instrumental. Ese método lo llevó a una conclusión que el laicismo ideológico de su generación rechazó: El valor de la religión en la democracia.
La pregunta que la frase de Böckenförde deja abierta es precisa: ¿De qué presupuestos vive el Estado liberal? La respuesta de Habermas fue inequívoca; de recursos morales que él mismo no produce. Dignidad, solidaridad y otros valores cuyo origen histórico se encuentra en la tradición cristiana para los cuales el Estado secular no dispone de sustitutos racionales plenamente suficientes. Repasemos brevemente, en homenaje a su fecunda vida intelectual, su tesis en aquel debate, así como la respuesta que ofreció el entonces cardenal Joseph Ratzinger.
Razón moderna y razón pública
Las patologías de la razón moderna
El cardenal Ratzinger estuvo de acuerdo con Habermas en su intuición inicial. Esto es que la modernidad dejó de lado a la religión y que, asimismo, el Estado liberal necesita fundamentos morales que no pueden generarse únicamente mediante procedimientos. Un Estado puramente procedimental es frágil. En suma, la democracia vive de recursos morales previos que ella misma no genera. Era la tesis de Böckenförde. Hasta aquí no había disputa. Sin embargo, Ratzinger proponía una corrección a la propuesta. Si bien aceptaba la necesidad del diálogo entre religión y razón pública, advertía que exigir que la religión se traduzca completamente al lenguaje secular no era justo. ¿Por qué? Pues eso convertiría al lenguaje secular en el criterio normativo único y definitivo al que la religión debería adaptarse.
Ratzinger proponía un argumento contrapuesto. No solo la religión debe aprender de la razón moderna; también la razón moderna debe aprender de la tradición religiosa. Debe reconocerse que la razón moderna sufre también de ciertas patologías: El positivismo cientificista, el relativismo moral o el tecnocratismo, que reducen la racionalidad a lo meramente verificable e instrumental, dejando fuera cuestiones fundamentales como la ética, el sentido de la vida o la dignidad humana. De allí la conocida afirmación, tan propia de la tradición católica: La razón examina la religión; la fe purifica la razón. La solución no es ni un secularismo cerrado ni una teocracia, sino una reciprocidad crítica entre fe y razón que permita preservar los fundamentos morales de la vida democrática.
Un desafío para democracias frágiles
¿Qué valor tiene esta propuesta entre nosotros? Hace muchos años, en su discurso de aceptación de su candidatura a la presidencia de la República hacia fines de 1989, el doctor Secundino Núñez hablaba de la posibilidad de una democracia con raíces evangélicas. Siguiendo el teorema de Böckenförde –la democracia necesita valores que ella misma no puede producir–, señalaba también la responsabilidad de la Iglesia en la formación ética y cívica de los ciudadanos. Aquella propuesta, que buscaba reconciliar la vida pública con la tradición social cristiana, terminó diluyéndose con el paso de los años. La política quedó cada vez más confiada a reformas de normas y procedimientos, como si el orden democrático pudiera sostenerse únicamente en mecanismos institucionales.
Así, la cuestión de fondo del debate entre Habermas y Ratzinger permanece abierta. En sociedades con instituciones todavía frágiles como la nuestra, la democracia deliberativa se parece más a un carro desvencijado que avanza entre baches que a una propuesta firme. Recuperar el diálogo entre la razón pública y las tradiciones religiosas podría ofrecer recursos éticos para fortalecer una democracia aún en proceso de maduración, pero para ello se necesitan dirigentes capaces de comprender las tradiciones morales y culturales que sostienen la vida pública. Hoy, lamentablemente, escasean.










