Empecé porque había cosas que no lograba decir de otro modo.
A veces es una escena. Una conversación que queda suspendida. Un gesto mínimo. Alguien que mira sin saber del todo qué está viendo. Y ahí, en ese borde, aparece algo que no encaja en un concepto.
La filosofía me enseñó a pensar. A distinguir, a ordenar, a buscar la verdad. Pero la escritura me mostró otra cosa: que hay verdades que no se alcanzan, se atraviesan. No se demuestran. Se viven.
Por eso escribo.
Vuelvo siempre a lo mismo: una vida concreta. Un momento en el que algo irrumpe. A veces es una gracia que no encaja en la rutina. A veces es el silencio. A veces es la presencia.
No escribo para cerrar ideas. Escribo para acompañarlas.
Para quedarme en esa zona donde la realidad deja de ser evidente y se vuelve pregunta.
Mis textos no buscan resolver. Buscan permanecer.
Mostrar una vida que intenta comprender. Una conciencia que no se conforma. Un camino que no está del todo trazado.
Porque, en el fondo, escribir es eso:
quedarse.
Y mirar
Asombrarse seimbre
El estupor educa
ENSAYOS
LIBROS










