BITÁCORA

Ulises o el arquetipo de la filosofía

La película de Nolan sobre la Odisea con Matt Damon, más allá de sus virtudes artísticas y cinematográficas, me suscitó algo que tal vez rara vez está en el imaginario colectivo. Es, ciertamente, la figura de Odiseo o Ulises, como arquetipo de la condición humana. O diría, trayendo agua a mi molino, Ulises, la auténtica filosofía. ¿Por qué filosofía? ¿Por qué, treinta siglos después de Homero, seguimos imaginando a Ulises? Siempre he leído los textos clásicos con los ojos de un director de orquesta, con una partitura enfrente y su batuta: depende de la lectura de la partitura para que salga una sinfonía o algo mediocre. Ulises no es solo un personaje literario: es un símbolo de la razón humana misma, de su estructura más íntima, de eso que nos empuja a movernos siempre un poco más allá de donde podemos llegar. Curiosamente, lo había explicado en un último libro, La razón abierta al misterio. Claro, nadie nos debe una lectura, menos aún cuando no somos clásicos.

¿Quién es Ulises? Nosotros. Homero nos ha legado la gran metáfora de nuestra vida, y esto lo aprendí de mi amigo, el filósofo español Jacinto Choza, en su Ulises, un arquetipo de la existencia humana. Todo empieza con la partida: Ulises abandona Ítaca, y vivir es exactamente eso, salir de la seguridad original y entrar en un mundo que no controlamos. Lo que sigue –monstruos, tempestades, guerras, pérdidas– son las pruebas que nos van formando: no accidentes externos, sino la materia con la que se construye una vida. En el camino aparecen los peligros –Circe, Calipso, las sirenas, los lotófagos–, maneras de desviarnos del propio destino con placer o con una vida aparentemente feliz, y Ulises, una y otra vez, elige continuar. De ahí la pregunta filosófica central: si Ulises cambia sin cesar, ¿qué hace que siga siendo él mismo? La respuesta está en el relato: nos comprendemos cuando somos capaces de reconstruir y contar nuestra propia historia. Somos, al final, lo que pudimos hacer con nuestra biografía.

¿Pero hay más? Claro, está la razón y el misterio. En su viaje a Ítaca, que es nuestra vuelta a casa, Ulises siempre fuerza la mano a la razón. Es lo que vio con particular lucidez Luigi Giussani, sacerdote y teólogo italiano, cuando en texto El sentido religioso recurre a Ulises –y a un lugar muy concreto del mapa antiguo, las Columnas de Hércules– para explicar cómo funciona la razón humana de manera elemental. La razón no se contenta jamás con lo inmediatamente conocido. Cada objeto que la inteligencia alcanza no cierra la pregunta, sino que la reabre en un horizonte más amplio: no persigue el “qué” de las cosas, sino su “por qué” final. Conocer no se reduce a un problema; se remonta a algo más, al misterio. Giussani recurre a la geografía mítica antigua: las Columnas de Hércules, el estrecho de Gibraltar, marcaban el límite del mundo conocido: non plus ultra. Representan el límite que la razón encuentra una y otra vez: el borde de lo verificado, de lo ya sabido.

Ahí está, creo, la metáfora exacta de la filosofía: la de un saber que avanza siempre, columna tras columna, sabiendo de antemano que su razón es limitada y que ningún esfuerzo propio basta para franquear el último límite. No por eso se detiene, porque detenerse sería traicionar la exigencia misma que la constituye. Y es justo en ese borde, no antes, donde aparece el misterio: no como un enemigo de la razón ni como una renuncia a pensar, sino como aquello que la razón misma señala sin poder alcanzarlo por sus propias fuerzas. Filosofar, entonces, es sostener esa tensión sin resolverla por atajos.

Ulises no pertenece a ninguna ideología, y por eso sigue vivo. Creo que fue el escritor italiano Italo Calvino quien dijo que un clásico es un libro que nunca termina de decir lo que tiene que decir. El regreso a Ítaca no es simplemente volver al punto geográfico. Es volver a lo que deberíamos ser. Luego de haber sufrido, aprendido y cambiado. Una vida, además, que no es solitaria. Ahí estaban, Penélope, Telémaco y los demás que deben reconocerlo, y nosotros también ser reconocidos. Además, el viaje de nuestra vida está atravesado por la conciencia de la muerte –Ulises incluso desciende al Hades–: precisamente porque la vida es limitada. Ver a Ulises otra vez, con el rostro de Matt Damon, es la memoria más eficaz contra lo que C. S. Lewis llamó jactancia cronológica: creer falsa una idea solo por ser antigua. Leer a los clásicos es el antídoto contra el subjetivismo y el individualismo tan característicos de nuestra época: nos recuerdan que no somos la medida de todas las cosas.
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PORQUE RAZON Y MISTERIO

En este nuevo episodio de Razón y Misterio, Mario Ramos Reyes nos invita a profundizar en las ideas, reflexiones y preguntas que surgieron durante el programa. A través de una conversación abierta y profunda, exploramos la relación entre la razón, la filosofía, el misterio y nuestra manera de comprender la realidad. Un espacio para pensar, cuestionar y acercarnos a esas grandes preguntas que acompañan al ser humano desde siempre. ¿Qué puede explicar la razón? ¿Dónde comienzan los límites de nuestro conocimiento? ¿Qué lugar ocupa el misterio en nuestra búsqueda de comprender el mundo y nuestra propia existencia? Una conversación para quienes disfrutan de la filosofía, el pensamiento y las preguntas que no siempre tienen respuestas sencillas.

La desaparición de la vergüenza

Imbécil. “Boludo”. “Carajo”. “Es una mierda”. “Parece un culo”. “Andate al diablo”. “Payaso”. “Basura”. “Ladrón”. “Inútil”. “Pelotudo”. Este breve y lamentable glosario ya forma parte del vocabulario cotidiano de nuestra vida cívica. Son los “argumentos” de la política, de influencers, redes sociales y algunos periodistas. Allí donde antes se discutían ideas, hoy se intercambian insultos. Ya no existen, al parecer, adversarios ocasionales, sino personas convertidas en objetos de desprecio. Y como se ve, la grosería ha dejado de avergonzar. Y para peor, todo parece indiferente. Es más, se elogia este modo de hablar, burlándose de los que lo critican. Lo que conocíamos como pudor, verbal o de otro tipo, parece haber desaparecido.

Avancemos un poco más. Hablamos como pensamos. O, mejor, el lenguaje refleja el pensamiento. O la pobreza del mismo. La degradación del lenguaje deviene, así, en síntoma del empobrecimiento del pensamiento. Y eso, ¿a quién le importa?, dirán muchos. Yo creo que sí importa. Y más de lo que se cree. La pregunta que esto sugiere es la siguiente: ¿puede este lenguaje afectar la vida cívica? Yo sugeriría, de manera muy sintética, en tres aspectos: La desaparición de la vida privada, el encogimiento de hombros sobre lo que es el bien o el mal y, lo que es más preocupante, la desaparición de la vergüenza y el deterioro de la democracia.

Hannah Arendt advirtió, ya en 1958, en La condición humana, que una sociedad necesita distinguir con claridad entre lo privado y lo público, porque la vida humana se arruina cuando, sobre todo, lo público deglute lo privado. Pero también, lo contrario. Que es, irónicamente, lo que está ocurriendo. Lo privado, y su exaltación, gana espacio. Me explico: Lo privado ya no es tal. Se ha convertido en espectáculo de la plaza pública. Las puertas de las alcobas parecen un ring donde todos se deleitan.

Se ha suprimido el pudor que protegía la intimidad. ¿Resultado? Una sociedad menos libre, más vulnerable. Lo íntimo pasa a ser gozo de todos. Hablar de pudor hoy es motivo de burla. En su libro La supresión del pudor, el filósofo español Jacinto Choza lo definió como la inclinación a preservar lo propio frente a la mirada ajena. No es miedo al cuerpo ni modestia exagerada, sino la conciencia de que mi persona no puede reducirse a mero espectáculo. La vergüenza, en cambio, llega después: Aparece cuando esa intimidad ya fue degradada, y es la señal de que algo se perdió. Hoy el pudor ya no existe, y cuando la vergüenza debería aparecer, tampoco lo hace: Solo queda el decoro roto, y con él, todo parece ser permitido.

Y esto nos lleva al segundo aspecto: El socavamiento de la moral. El problema no es que hoy se diga todo. Y se muestre todo. El problema es que ya no se sabe qué cosas son un bien y qué cosas no. Qué cosas pertenecen a la intimidad y cuáles a la plaza pública. Ya no se tiene una vara moral que las mida. ¿Pregunte el lector, si no, a su alrededor qué es lo que distingue el bien del mal? No se sorprenda ante el sarambí de las respuestas.

Durante décadas, el pudor funcionó como una forma de autocontrol, reflejo del carácter. No impedía la libertad, como algunos suponen. Hacía una sociedad más delicada, más civilizada. Hoy ocurre lo contrario: La grosería se interpreta como autenticidad, el insulto es necesario –me dijo recientemente un político con cierto orgullo– para ganar ratings. Es la morbocracia: El morbo convertido en marketing electoral.

Y el último punto: Ya nada produce vergüenza. Más bien, “viralidad”. ¿Qué se pierde con su desaparición? Se socava la democracia. Se debilita poco a poco. Lo que Alexis de Tocqueville observó en el siglo XIX sigue siendo válido: Las democracias no viven únicamente de sus leyes ni de sus constituciones. Más bien, se nutren de costumbres. Se alimentan de hábitos que enseñan mucho más que el poder de un policía o la sentencia de un juez. El pudor y la vergüenza forman parte de ese patrimonio invisible.

Lo que antes provocaba sonrojo pasa a provocar aplausos. Y una sociedad que ya no se avergüenza de la vulgaridad termina por confundir la libertad con libertinaje. El resultado no es una sociedad más libre, sino una sociedad más miedosa.Miedo de las personas a ser expuestas. Se puede tener derecho a decir cualquier cosa y, al mismo tiempo, miedo de decirlo: Esa distinción tan natural es la que estamos olvidando. Nada de esto es nostalgia. Una sociedad puede tolerar la grosería ocasional. Claro. Eso es hasta de sentido común. Lo que no puede tolerar sin decaer es la indiferencia ante ella. Cuando el insulto deja de sorprender, no es que nos hayamos vuelto más tolerantes: Es que hemos perdido la brújula que nos permitía distinguir lo que degrada de lo que no. La civilización no comienza cuando aprendemos a hablar, sino cuando aprendemos qué cosas no conviene decir y cómo decirlas.

 

CLICK AQUI PARA ESCUCHAR  https://youtu.be/Tm7nThOPWLA

Carlos Martíni de Radio Cáritas Universidad Católica entrevista al profesor Dr. Mario Ramos Reyes sobre el tema del pudor, la verguenza y baja calidad de la democracia. Reflexiones sobre la columna https://www.ultimahora.com/la-desaparicion-de-la-verguenza

Los que se fueron Proximo lanzamiento

LOS QUE SE FUERON

Memoria, gratitud y esperanza en la tradición socialcristiana paraguaya

AUTOR Mario Ramos-Reyes
En colaboración con Cristian Cantero

¿Qué queda de una generación cuando sus protagonistas ya no están? ¿Cómo preservar una herencia intelectual y moral en tiempos dominados por la fugacidad y el olvido?

En Los que se fueron, Mario Ramos-Reyes rescata la vida, el pensamiento y el legado de seis figuras fundamentales de la cultura paraguaya contemporánea: Luis Manuel Andrada Nogués, Luis Alberto Meyer, Secundino Núñez, Adriano Irala Burgos, Jerónimo Irala Burgos y José Antonio Bergues. Aunque ausentes físicamente, sus voces continúan iluminando el presente a través de una tradición de compromiso cívico, humanismo cristiano y búsqueda de la trascendencia.

Lejos de ser una obra nostálgica, este libro constituye un ejercicio de memoria viva. A través de conversaciones, testimonios y reflexiones, reconstruye una época en la que el pensamiento, la educación y la acción pública estuvieron animados por ideales que marcaron profundamente a varias generaciones de paraguayos.

La obra invita al lector a reencontrarse con hombres que entendieron la filosofía, la política, la educación y la fe como formas concretas de servicio a la comunidad. En sus páginas emerge una pregunta decisiva: ¿qué legado queremos transmitir a quienes vendrán después de nosotros?

Con la colaboración del periodista Cristian Cantero, Los que se fueron ofrece una valiosa contribución a la historia intelectual y cultural del Paraguay. Es, al mismo tiempo, un homenaje, una reflexión sobre la identidad nacional y una invitación a recuperar aquellas raíces capaces de inspirar el futuro.

NUEVA PUBLICACION

Pero el grito de dolor se transforma en un grito de esperanza por tres motivos y desde tres frentes: el de la filosofía, el de la política y el de la religión.

Desde el frente de la filosofía, la polvareda levantada por el derrumbamiento de los ideales ilustrados y modernos se va sedimentando, porque los duelos siempre terminan y siempre empieza un tiempo nuevo en el que se puede retomar lo ganado en la transición y enlazarlo con el presente. El pensamiento no puede detenerse y no se detiene. Mario sabe que la tradición aristotélico-tomista puede enlazarse, incluso más allá de Maritain, con las siguientes descripciones verdaderas de la realidad.

Desde el frente de la política, Mario no deja de ahondar, en ningún momento, desde su catolicismo personal, en la búsqueda de una república democrática basada en el liberalismo laico de Maritain, Newman y Montalembert, según su lema «Iglesia libre en un Estado libre», y en la búsqueda de un sistema educativo nacional que forme a los individuos como ciudadanos capaces de libertad y sentido. Manteniéndose en una línea análoga a la del antiguo Partido Demócrata estadounidense, nunca se desvía hacia un socialismo totalitario, ni tampoco hacia un nacionalcatolicismo como los del siglo xx, tan cercanos al fascismo.

Finalmente, desde el frente de la religión, aboga por un Estado no confesional y una escuela no confesional. Pero, a la vez, por una educación católica, por una escuela y una universidad católicas, donde la persona singular encuentre la libertad y el sentido que los niños pueden hallar y frecuentemente hallan en sus padres y familiares católicos.

Puede decirse que en los tres frentes —el filosófico, el político-jurídico y el religioso— la vida de Mario ha sido una lucha contra los enemigos del sentido y de la libertad. Así queda constatado en los trabajos recogidos en este volumen y en las actualizaciones de su blog personal hasta el día de hoy. Esa vida y esa obra constituyen su testimonio sobre América, del norte y del sur, y sobre Paraguay.

Jacinto Choza

Catedrático emérito de Filosofía

Universidad de Sevilla

Del Prologo a