BITÁCORA

Cuando la inteligencia pierde el asombro (Parte I) por Maria Gloria Baez

Toda cultura revela su verdadera identidad más profunda en las preguntas que elige preservar y en aquellas que, con el paso del tiempo, se desvanecen de su horizonte de sentido. Algunas interrogantes atraviesan las épocas, sobreviven al derrumbe de certezas y a las transformaciones de las sociedades, porque hunden sus raíces en las dimensiones más esenciales de la existencia humana y expresan esa incesante necesidad de comprender quiénes somos, de dónde venimos y qué significado puede alcanzar nuestra presencia en el mundo.

¿Qué significa vivir con dignidad? ¿Dónde encuentra la libertad su fundamento? ¿Qué hace justa a una sociedad? ¿Es posible conocer la verdad? ¿Existe un sentido que otorgue unidad a la experiencia humana? Ninguna época ha conseguido responderlas definitivamente. Cada generación vuelve sobre ellas porque forman parte de una conversación inacabada que atraviesa los siglos y constituye, en buena medida, la historia misma de la filosofía.

Nuestra época parece haber modificado el lugar que esas preguntas ocupaban en la vida intelectual. La atención se desplaza con facilidad hacia aquello que ofrece resultados inmediatos, utilidad práctica o rendimiento verificable. La velocidad se ha convertido en una categoría cultural. Todo debe resolverse con rapidez, toda incertidumbre reclama una respuesta instantánea y el conocimiento parece obligado a demostrar su utilidad en el menor tiempo posible.

En este contexto, la contemplación comienza a percibirse como una demora, el silencio como una interrupción y la reflexión paciente como un lujo difícil de sostener. La revolución digital ha intensificado un proceso que la precedía. Hemos aprendido a movernos con extraordinaria eficacia dentro de un universo saturado de información y al mismo tiempo, hemos perdido cierta familiaridad con el ejercicio de pensar.

La inteligencia permanece constantemente estimulada, aunque rara vez encuentra el tiempo necesario para demorarse sobre aquello que verdaderamente importa.

Mario Ramos Reyes identifica este fenómeno como uno de los síntomas más elocuentes de la crisis contemporánea. En “La razón abierta al misterio. Apuntes para una filosofía cristiana” (2026), sostiene que la razón humana no puede reducirse a un instrumento destinado exclusivamente a calcular, producir o resolver problemas técnicos. La inteligencia está llamada a buscar la verdad en toda su amplitud y a reconocer que la realidad excede los límites de toda construcción conceptual.

La razón encuentra su plenitud cuando permanece abierta a la totalidad del ser y acepta que el conocimiento auténtico exige humildad, paciencia y disposición hacia el asombro. Esta perspectiva recupera una de las intuiciones más antiguas de la tradición filosófica occidental. Aristóteles afirmaba que el origen de la filosofía se encuentra en la admiración. No se refería a una emoción pasajera, sino a una actitud capaz de descubrir que la realidad posee una profundidad que ninguna costumbre consigue agotar.

El asombro constituye una forma de atención. Quien se asombra comprende que el mundo no es un objeto completamente disponible para sus intereses, es, una realidad que reclama ser escuchada antes de ser interpretada. Aquí aparece una diferencia fundamental entre la inteligencia contemplativa y la inteligencia puramente instrumental. La primera se aproxima a las cosas con el deseo de comprenderlas, la segunda las observa principalmente desde la utilidad que puedan ofrecer. Ninguna sociedad puede prescindir de la dimensión práctica del conocimiento.

Las ciencias, la técnica y la innovación constituyen expresiones admirables de la creatividad humana. El problema surge cuando la utilidad deja de ser un criterio entre otros y se convierte en criterio absoluto. Entonces la pregunta por el sentido pierde relevancia frente a la pregunta por la eficacia y la contemplación cede su lugar al rendimiento. Las consecuencias de este desplazamiento son visibles en múltiples ámbitos de la vida contemporánea.

La educación experimenta una presión constante para justificar su existencia mediante indicadores de productividad. La política organiza buena parte de su lenguaje alrededor del impacto inmediato. El debate público privilegia la rapidez antes que la profundidad. Incluso la cultura comienza a valorar las obras por su capacidad de generar consumo antes que por la verdad que contienen o por la belleza que revelan. La inteligencia termina adaptándose a un horizonte cada vez más estrecho, convencida de que merece atención aquello que puede medirse, cuantificarse o producir resultados visibles.

Frente a este escenario, la obra de Ramos Reyes propone recuperar el pensamiento en su sentido más pleno. Pensar significa abrirse a la realidad con disponibilidad y reconocer que su profundidad nunca se revela por completo. Todo conocimiento auténtico abre nuevas preguntas y cada verdad ensancha el horizonte de la inteligencia, recordándonos que la existencia humana alberga dimensiones que ningún método consigue clausurar.

La razón, aparece, así como una inteligencia que encuentra precisamente en su apertura la condición de su grandeza. Allí donde la cultura contemporánea parece oscilar entre el escepticismo y el pragmatismo, el autor recupera la confianza en una razón capaz de dialogar con la filosofía clásica, la tradición cristiana, la literatura, la historia y la experiencia cotidiana del ser humano. Esa amplitud funda toda auténtica sabiduría. El libro invita a pensar mejor, recuperando la lentitud del conocimiento, la disciplina de la lectura, la paciencia del diálogo y el valor de las preguntas que ninguna época logra clausurar.

Allí comienza la filosofía y la posibilidad de una renovación cultural fundada en la búsqueda de la verdad, el bien y el sentido de la existencia. La pérdida del asombro, sin embargo, no constituye únicamente una dificultad intelectual. Expresa una transformación más profunda de la experiencia humana. El hombre deja de contemplar el mundo como una realidad que lo precede y comienza a percibirlo como un conjunto de objetos disponibles para su intervención. La naturaleza pierde su espesor simbólico, la historia deja de ser una memoria compartida y el tiempo se fragmenta en una sucesión de instantes que apenas conservan relación entre sí.

Allí donde todo adquiere un carácter transitorio, la verdad también parece convertirse en un producto sometido a las variaciones del momento. Esta percepción alcanza incluso la comprensión que el ser humano tiene de sí mismo. Durante siglos, la filosofía consideró que el conocimiento de la realidad y el conocimiento de la propia existencia formaban parte de un mismo itinerario espiritual. La máxima socrática «conócete a ti mismo» expresaba la convicción de que la persona alcanza una comprensión auténtica de sí cuando descubre el lugar que ocupa dentro del orden del ser.

La identidad no surgía de una voluntad capaz de reinventarse indefinidamente, sino del diálogo permanente entre libertad, naturaleza y verdad. Ramos Reyes recupera esta tradición para recordar que la inteligencia humana posee una vocación esencialmente relacional. Pensar implica abrirse a una realidad que interpela, cuestiona y transforma. La razón alcanza su madurez cuando abandona toda pretensión de autosuficiencia y acepta que el conocimiento comienza con una actitud de escucha. Cada descubrimiento importante nace de una disponibilidad interior que permite a la realidad manifestarse antes de ser reducida a nuestras categorías o intereses. Esa disposición constituye una de las formas más elevadas de la humildad intelectual.

Desde esta perspectiva, la filosofía aparece como una experiencia de encuentro. Leer a Platón, Aristóteles, Tomás de Aquino, Newman o Kierkegaard implica participar de una conversación iniciada hace siglos, donde cada generación vuelve a formular las mismas preguntas desde circunstancias históricas diferentes. La tradición deja de ser una carga que inmoviliza el pensamiento y se convierte en una fuente de renovación intelectual. La memoria preserva aquello que el presente, por sí solo, sería incapaz de producir.

En esta perspectiva adquiere pleno sentido la noción de misterio que articula todo el libro. El misterio no designa una región oscura donde la razón se detiene impotente. Expresa la profundidad inagotable de la realidad, siempre mayor que cualquier explicación. El filósofo no encuentra en el misterio el final de su búsqueda, sino el horizonte que mantiene viva la búsqueda misma. Cuanto más penetra la inteligencia en el conocimiento del ser, mayor conciencia adquiere de la riqueza que permanece abierta.

Esa experiencia alimenta el deseo de seguir comprendiendo. Quizá una de las grandes enfermedades espirituales de nuestro tiempo consista precisamente en haber perdido esa conciencia de profundidad. Disponemos de una enorme capacidad para describir los fenómenos, mientras disminuye nuestra disposición para interrogarnos por su significado. El lenguaje técnico alcanza una precisión admirable, mientras el lenguaje filosófico parece retroceder.

La filosofía cristiana que propone Ramos Reyes invita a recuperar una razón reconciliada con toda la amplitud de la experiencia humana. Una razón capaz de dialogar con la ciencia sin reducirse a sus métodos, de acoger la tradición sin convertirla en repetición, de abrirse a la fe sin renunciar al rigor crítico y de reconocer en la belleza, la literatura, la historia y el arte formas privilegiadas de acceso a la verdad. Esa amplitud intelectual constituye una de las grandes herencias del pensamiento clásico y cristiano y uno de los desafíos más urgentes para una cultura que corre el riesgo de olvidar la profundidad de las preguntas que mantienen despierta la inteligencia. El asombro se vuelve disciplina del espíritu, educando la mirada y demorándose ante lo real. Solo quien persevera descubre su hondura y el gradual revelarse de la verdad. Allí comienza el itinerario filosófico de Mario Ramos Reyes, donde la razón abierta al misterio alcanza su más alta vocación.

MARIA GLORA BAEZ  DIARIO ULTIMA HORA

LA EDUCACIÓN ESTÁ PEOR QUE LO QUE DICE PISA

“Metete eso en el culo”, le endosa una senadora a otra mientras esta, aparentemente, levanta el dedo. En otra escena, una dirigente proclama: “Si ganamos por más de diez mil votos, pieza gratis de moteles para todos”. O la “refutación” de un periodista: “Se van a la puta todos, son una mierda”. Podríamos seguir. Son gestos. Palabras, me dirá más de un lector. ¿Qué importancia tienen? Para algunos, quejarse de estas cosas es mojigatería, escuché de un periodista. Antes, dicen, había más hipocresía. Puede ser. Pero, como sostuve en un artículo anterior, La desaparición de la vergüenza, una sociedad que pierde la vergüenza no se vuelve más auténtica: pierde uno de los límites que regulaban la conducta frente a los demás.

Pero los gestos y las palabras no son solo lenguaje: revelan una educación. O su ausencia. Dicen algo de cómo hemos aprendido a convivir, a disentir, a respetar al otro y, finalmente, a vivir en una república. Uno aprende esas cosas mucho antes de conocer la expresión competencia. En la familia. No recuerdo que en la mía se hablara de indicadores o resultados de aprendizaje. Pero había cosas que simplemente no se hacían. Por eso, cuando se debate hoy la crisis de la educación y miramos con alarma los resultados de las pruebas PISA, quizá deberíamos hacernos una pregunta anterior: ¿qué estamos midienRELEdo cuando decimos que medimos la educación?

PISA —Programme for International Student Assessment— mide competencias. Sus áreas centrales son comprensión lectora, matemática y ciencias. Le pregunta a un adolescente si sabe interpretar un gráfico, resolver un problema o comprender un texto. Son destrezas reales, y que un país las mida no está mal. Un sistema educativo que no llega al mínimo tiene un problema serio. Pero medir competencias no equivale a medir toda la educación.

Hay dimensiones de la educación —el juicio, el respeto, el dominio de sí, la capacidad de escuchar al otro, el sentido de los límites— que no caben en una prueba estandarizada. Si educar no es solo entrenar destrezas, la cuestión ya no es cómo subir el puntaje en la próxima prueba PISA. La cuestión es cómo se enseñan —y cómo se miden, si es que pueden medirse— esas otras dimensiones.

Aquí está, me parece, nuestro talón de Aquiles. Hemos debilitado las humanidades: historia, filosofía, literatura, lógica. Se las acusa de memorísticas, inútiles o alejadas de las necesidades de nuestro tiempo. Pero ¿cómo pretendemos que los jóvenes —y los no tan jóvenes— aprendan a argumentar, distinguir una razón de un insulto, reconocer una contradicción o comprender a quien piensa de otra manera si quitamos algunas de las disciplinas que durante siglos intentaron enseñar esas cosas?

Y ahí no hay examen que alcance. No hay ítem de opción múltiple que pueda preguntarle a un chico si es capaz de vergüenza, de lealtad o de reconocer un error propio sin buscar a quién culpar. Esas cosas se forman, o no se forman, en la casa, en el aula y en el ejemplo de los adultos que esos jóvenes tienen alrededor todos los días.

Y aquí el diagnóstico se vuelve más grave que cualquier informe de PISA. Las mismas personas que públicamente critican los resultados, deseducan con sus palabras y sus gestos. Y, además, son muchas veces quienes después juzgan la gestión de los docentes. Como si solo educara el docente. También educan el senador, el periodista, el dirigente y cualquiera que ocupa un lugar de visibilidad pública. Si los adultos hemos perdido la vergüenza, ¿con qué autoridad vamos a pedirles a los jóvenes que la tengan?

Aquí vuelven a entrar las humanidades. Y no me canso de insistir sobre esto. ¿Para qué filosofía, historia, literatura, arte? No solo porque formen parte de nuestra cultura. Las humanidades enseñan —cuando se enseñan bien— a leer una palabra en su contexto, seguir un argumento, descubrir una contradicción, ponerse por un momento en el lugar del otro y discutir sin convertir al adversario en enemigo. Enseñan, en definitiva, a ser personas. ¿Puede medirse también esto? De alguna manera sí. PISA, incluso, lo ha intentado. En 2018 evaluó la llamada competencia global, que incluye comprender perspectivas diferentes e interactuar apropiada y con respeto con otros. En 2022 incorporó el pensamiento creativo. Yo iría más lejos, pero eso será tema de otro artículo.

El escritor inglés C. S. Lewis escribió en 1943 una frase que, por supuesto, no pensaba en PISA: «La tarea del educador moderno no es talar selvas, sino irrigar desiertos». Lewis hablaba de una educación demasiado ocupada en refutar convicciones y demasiado poco en formar aquello que estaba ausente. Ahí está, me parece, el diagnóstico de nuestro tiempo. PISA puede decirnos mucho sobre nuestra incapacidad de penetrar la selva cognitiva. Pero el desierto de valores y convicciones es mucho mayor.

Por eso la educación puede estar peor de lo que dice PISA. Los números pueden algún día mejorar y, mientras tanto, seguir sin caer una sola gota para hacer crecer aquellos principios y valores que se necesitan cultivar. Quizá por eso aquellas escenas de nuestra vida pública deberían preocuparnos tanto como una mala calificación internacional. También ellas son síntomas que requiere un examen. Solo que ese examen no nos evalúa PISA.

DIARIO AULTIMA HORA

EL PROBLEMA NO ES LA CORRUPCION

No lo digo yo. Lo reporta la consultora Voz Data, que investigó cuáles son los problemas que los potenciales votantes para las elecciones municipales consideran más graves en sus barrios. En primer lugar, aparece la basura, con el 36%; luego, las calles, con el 20%, y la inseguridad, con el 16%. ¿Y la corrupción? Apenas un 7%. En esta percepción ciudadana, entonces, el problema no es la corrupción. Y creo que tienen razón. En un aspecto. Pero, en otro, creo que no. ¿Contradictoria mi respuesta? No tanto: déjeme elaborar. Tal vez termine usted mirando lo mismo que yo veo.

En el pasado mes de julio, un amigo, alguien de Iglesia, se ofreció a ayudarme a gestionar unos documentos. Solo había que dar una pequeña “propina” al funcionario para agilizar las cosas. Yo le pregunte por qué. Su respuesta fue visceral: “Y bueno, así son aquí las cosas”. Y ahí me vino la pregunta: ¿qué clase de comunidad hemos llegado a construir para que ciertas conductas nos parezcan aceptables? Hay tres aspectos que ayudan a comprender esta normalización: la fragmentación de la realidad social, la pérdida de un lenguaje moral común y la desaparición de la idea del bien común.

Primero, la fragmentación. Que apenas el 7% mencione la corrupción no significa que al 93% restante no le importe. El vecino de Asunción percibe la vida pública de manera fragmentada: basura es basura, calles son calles, inseguridad es inseguridad y corrupción es corrupción. Cada problema ocupa su propio casillero. Se ve el bache, pero no al responsable del asfalto; la basura acumulada, pero no la cadena de responsabilidades que la creó. Se ve la coima, pero se la acepta como parte del sistema. Vemos las partes, no la trama que las conecta. Y al fragmentarse la realidad, también se fragmenta la responsabilidad: todos hicieron “su parte”, pero nadie responde por el conjunto.

Segundo, hemos debilitado nuestro lenguaje moral. A veces disfrazamos la coima llamándola “propina”. Pero incluso cuando la llamamos por su nombre y sabemos que está mal, la aceptamos como parte del sistema. Y lo curioso es que todo el mundo invoca la moral: se la exige a políticos, funcionarios y jueces. Pero cuando uno pregunta qué significa decir que algo está bien o mal, aparece el estribillo: “Para vos está mal; para mí, no”. “Esa es tu opinión; yo tengo la mía”. Este relativismo también parece haber penetrado en la predicación eclesial. Se lamenta la crisis de la familia, pero cada vez resulta más difícil escuchar una palabra clara sobre el adulterio. ¿Todo se ha vuelto relativo? No ciertamente los Evangelios, que en estas cuestiones hablan con claridad.

Recibí las noticias en tu celular, unite al canal de ÚH en WhatsApp 🤩

08:40✓✓
1

Pero decir que una coima está mal es muy diferente de decir que a mí no me gustan las coimas. Significa afirmar que hay cosas que están mal en sí mismas, aunque todos las hagan. Un joven llegó a decirme que pensar así era “fascista”. Lo escuché azorado. Parece una anécdota, pero revela una paradoja: nos escandaliza la corrupción, pero rechazamos el lenguaje moral que nos permitiría explicar por qué está mal.

Tercero, el bien común. Si todo juicio moral es una preferencia individual, ¿qué significa hablar del bien común? No es la suma de intereses particulares ni aquello que desea la mayoría. Hay bienes que solo se realizan juntos: una universidad que eduque, una ciudad limpia, una administración honesta, instituciones confiables. Nadie los produce ni disfruta solo, y por eso exigen responsabilidad compartida.

Alasdair MacIntyre, uno de los grandes filósofos morales contemporáneos, ha insistido en que una sociedad no se sostiene solamente mediante leyes y controles; necesita personas habituadas a hacer lo correcto incluso cuando nadie las vigila. Las virtudes necesitan prácticas y comunidades que las hagan posibles. No aprendemos a ser justos u honestos gracias a la Constitución. Lo aprendemos practicándolo en familias, escuelas, universidades, iglesias e instituciones. Cuando esas comunidades fallan, seguimos pronunciando palabras como honestidad, responsabilidad y bien común, pero suenan vacías.

Por eso, el problema paraguayo no se resolverá criticando para que aquel 7% se convierta en 70%. Una sociedad puede denunciar furiosamente la corrupción y continuar siendo corrupta. Puede incluso ganar un grupo con fama de corrupto. El comienzo es más humilde, pero más difícil: recuperar prácticas de responsabilidad. Un profesor que no aprueba al alumno que no rindió lo mínimo. Un juez que no firma una resolución que sabe injusta. El ingeniero que no aprueba una obra insegura. El ciudadano que no ofrece una coima. El rector que no firma un título profesional que sabe que es falso. Los antiguos llamaban a eso virtud: hábitos que nos permiten hacer bien aquello de lo que depende una comunidad. Y esos hábitos no se aprenden en discursos ni vienen de leyes o constituciones: se aprenden practicándolos.

Quizá, entonces, la pregunta no sea solamente por qué la corrupción preocupa al 7%. Es otra, más incómoda: ¿dónde estamos formando personas capaces de resistirse a aceptar esa realidad? El escritor inglés Chesterton sugiere en su libro Ortodoxia que hay una cordura especial en rechazar aquello que los demás consideran normal. Decir “así son aquí las cosas” puede ser también una manera de rendirse ante ellas. El primer acto de coraje moral quizá sea mucho más sencillo y, a la vez, más difícil: comenzar por mirarnos a nosotros mismos.

Leer tambien aqui  https://www.ultimahora.com/el-problema-no-es-la-corrupcion

Ulises o el arquetipo de la filosofía

La película de Nolan sobre la Odisea con Matt Damon, más allá de sus virtudes artísticas y cinematográficas, me suscitó algo que tal vez rara vez está en el imaginario colectivo. Es, ciertamente, la figura de Odiseo o Ulises, como arquetipo de la condición humana. O diría, trayendo agua a mi molino, Ulises, la auténtica filosofía. ¿Por qué filosofía? ¿Por qué, treinta siglos después de Homero, seguimos imaginando a Ulises? Siempre he leído los textos clásicos con los ojos de un director de orquesta, con una partitura enfrente y su batuta: depende de la lectura de la partitura para que salga una sinfonía o algo mediocre. Ulises no es solo un personaje literario: es un símbolo de la razón humana misma, de su estructura más íntima, de eso que nos empuja a movernos siempre un poco más allá de donde podemos llegar. Curiosamente, lo había explicado en un último libro, La razón abierta al misterio. Claro, nadie nos debe una lectura, menos aún cuando no somos clásicos.

¿Quién es Ulises? Nosotros. Homero nos ha legado la gran metáfora de nuestra vida, y esto lo aprendí de mi amigo, el filósofo español Jacinto Choza, en su Ulises, un arquetipo de la existencia humana. Todo empieza con la partida: Ulises abandona Ítaca, y vivir es exactamente eso, salir de la seguridad original y entrar en un mundo que no controlamos. Lo que sigue –monstruos, tempestades, guerras, pérdidas– son las pruebas que nos van formando: no accidentes externos, sino la materia con la que se construye una vida. En el camino aparecen los peligros –Circe, Calipso, las sirenas, los lotófagos–, maneras de desviarnos del propio destino con placer o con una vida aparentemente feliz, y Ulises, una y otra vez, elige continuar. De ahí la pregunta filosófica central: si Ulises cambia sin cesar, ¿qué hace que siga siendo él mismo? La respuesta está en el relato: nos comprendemos cuando somos capaces de reconstruir y contar nuestra propia historia. Somos, al final, lo que pudimos hacer con nuestra biografía.

¿Pero hay más? Claro, está la razón y el misterio. En su viaje a Ítaca, que es nuestra vuelta a casa, Ulises siempre fuerza la mano a la razón. Es lo que vio con particular lucidez Luigi Giussani, sacerdote y teólogo italiano, cuando en texto El sentido religioso recurre a Ulises –y a un lugar muy concreto del mapa antiguo, las Columnas de Hércules– para explicar cómo funciona la razón humana de manera elemental. La razón no se contenta jamás con lo inmediatamente conocido. Cada objeto que la inteligencia alcanza no cierra la pregunta, sino que la reabre en un horizonte más amplio: no persigue el “qué” de las cosas, sino su “por qué” final. Conocer no se reduce a un problema; se remonta a algo más, al misterio. Giussani recurre a la geografía mítica antigua: las Columnas de Hércules, el estrecho de Gibraltar, marcaban el límite del mundo conocido: non plus ultra. Representan el límite que la razón encuentra una y otra vez: el borde de lo verificado, de lo ya sabido.

Ahí está, creo, la metáfora exacta de la filosofía: la de un saber que avanza siempre, columna tras columna, sabiendo de antemano que su razón es limitada y que ningún esfuerzo propio basta para franquear el último límite. No por eso se detiene, porque detenerse sería traicionar la exigencia misma que la constituye. Y es justo en ese borde, no antes, donde aparece el misterio: no como un enemigo de la razón ni como una renuncia a pensar, sino como aquello que la razón misma señala sin poder alcanzarlo por sus propias fuerzas. Filosofar, entonces, es sostener esa tensión sin resolverla por atajos.

Ulises no pertenece a ninguna ideología, y por eso sigue vivo. Creo que fue el escritor italiano Italo Calvino quien dijo que un clásico es un libro que nunca termina de decir lo que tiene que decir. El regreso a Ítaca no es simplemente volver al punto geográfico. Es volver a lo que deberíamos ser. Luego de haber sufrido, aprendido y cambiado. Una vida, además, que no es solitaria. Ahí estaban, Penélope, Telémaco y los demás que deben reconocerlo, y nosotros también ser reconocidos. Además, el viaje de nuestra vida está atravesado por la conciencia de la muerte –Ulises incluso desciende al Hades–: precisamente porque la vida es limitada. Ver a Ulises otra vez, con el rostro de Matt Damon, es la memoria más eficaz contra lo que C. S. Lewis llamó jactancia cronológica: creer falsa una idea solo por ser antigua. Leer a los clásicos es el antídoto contra el subjetivismo y el individualismo tan característicos de nuestra época: nos recuerdan que no somos la medida de todas las cosas.
Ver aqui

PORQUE RAZON Y MISTERIO

En este nuevo episodio de Razón y Misterio, Mario Ramos Reyes nos invita a profundizar en las ideas, reflexiones y preguntas que surgieron durante el programa. A través de una conversación abierta y profunda, exploramos la relación entre la razón, la filosofía, el misterio y nuestra manera de comprender la realidad. Un espacio para pensar, cuestionar y acercarnos a esas grandes preguntas que acompañan al ser humano desde siempre. ¿Qué puede explicar la razón? ¿Dónde comienzan los límites de nuestro conocimiento? ¿Qué lugar ocupa el misterio en nuestra búsqueda de comprender el mundo y nuestra propia existencia? Una conversación para quienes disfrutan de la filosofía, el pensamiento y las preguntas que no siempre tienen respuestas sencillas.