LITERATURA

Durante mucho tiempo creí que la literatura era una pausa en mis estudios de filosofía.

Leía a Aristóteles, a Tomás de Aquino, a Jacques Maritain o a Tocqueville. Después, como quien descansa de un esfuerzo intelectual, volvía a las novelas y a los cuentos. No advertía que, al cerrar un tratado y abrir una novela, la búsqueda seguía siendo la misma.

Con los años comprendí que algunos de los libros que más habían moldeado mi manera de entender la realidad no eran obras filosóficas.

Eran novelas. Cuentos. Relatos.

Recuerdo el impacto que me produjo la lectura de 1984, de George Orwell, a comienzos de la década de 1980. Comprendí el funcionamiento cotidiano del totalitarismo mejor que en muchos ensayos sobre las ideologías modernas. Los paraguayos habíamos vivido bajo una dictadura; Orwell no describía exactamente nuestro país, pero me ayudó a comprender una experiencia que conocíamos demasiado bien.

Hubo otras lecturas decisivas. Borges me reveló que un cuento podía albergar una metafísica. En apenas unas páginas era capaz de plantear problemas sobre el tiempo, la identidad o el infinito que ocupaban bibliotecas enteras de filosofía.

Pero quizá el recuerdo más vivo sea otro.

A comienzos de la década de 1970, cuando todavía era estudiante, Augusto Roa Bastos visitó nuestra clase de literatura. Poco después volvería al exilio impuesto por la dictadura. Entonces no podía imaginar que aquel encuentro permanecería conmigo durante tantos años. Con el tiempo comprendí que Roa Bastos no solo escribía novelas. Había encontrado una manera de narrar un país, de hacer hablar a la memoria, al poder y al silencio.

Siempre quise escribir ficción. Más que querer, escribía.

Pero casi nunca publicaba. Muchas veces rompía los manuscritos. O los dejaba olvidados en un viejo fichero de madera, entre apuntes de filosofía, artículos periodísticos y hojas mecanografiadas que el tiempo iba amarilleando.

Una tarde, cuando todavía estaba en el colegio, José María Rivarola Matto me dijo una frase que nunca olvidé:

—Hay que escribir sin miedo.

No sé si entonces comprendí el alcance de esas palabras. Escribir un ensayo me resultaba natural. La ficción era distinta. Exigía paciencia, observación y una forma de verdad que no podía alcanzarse mediante definiciones.

Después llegaron otros escritores.

Pär Lagerkvist me hizo mirar a Barrabás no como un personaje secundario del Evangelio, sino como un hombre perseguido por una pregunta imposible. Siempre imaginé que seguía a los primeros cristianos intentando comprender a aquel desconocido que había ocupado su lugar en la cruz.

En los cuentos de Horacio Quiroga y Gabriel Casaccia descubrí que la tragedia puede esconderse en la vida cotidiana. Graham Greene y François Mauriac me enseñaron que la gracia, la culpa y la libertad no son conceptos abstractos, sino decisiones concretas que transforman una existencia. Y en La peste, Albert Camus mostró una solidaridad humana que ningún tratado de ética habría podido hacerme experimentar con igual intensidad.

Mientras tanto, mi vida transcurría entre aulas, libros y periódicos. Durante años he sido periodista y columnista. Comprendí que incluso el periodismo consiste, en buena medida, en contar historias verdaderas. Los argumentos convencen; los relatos permanecen.

Un profesor de la Universidad de Kansas me hizo advertir algo que entonces apenas intuía: los filósofos también necesitan narrar. Las ideas adquieren toda su fuerza cuando encuentran un rostro, una voz y una historia. Tal vez por eso siempre he admirado a pensadores que escribían con imaginación, capaces de unir el rigor del concepto con la experiencia vivida.

Con los años entendí que nunca había abandonado la literatura. Apenas la había postergado. Cuando finalmente regresé a ella, no sentí que dejaba atrás la filosofía. Ambas habían caminado juntas desde el principio. Una busca comprender la realidad mediante conceptos; la otra la hace visible en la vida de personas concretas.

En estas páginas reúno textos nacidos de esa convicción. Es cierto, existen verdades que pueden demostrarse. Pero también existen verdades que solo una historia consigue revelar.