Tres miradas a la Magnifica Humanitas Nada sustituye a una vida buena I

Lo primero que se me ocurrió, luego de leer pacientemente la encíclica del Papa León XIV, fue una pegunta: ¿qué hubiera dicho Aristóteles sobre ella? ¿Y Heidegger? Para casi todos mis lectores, son preguntas inútiles. ¿A quién le interesa eso? ¿Y acaso importa? Mi respuesta es que sí importa. Y mucho. Pero claro, yo pregunto desde una mirada teñida de filosofía. Veamos. El armazón intelectual de Occidente, incluido el Humanismo Cristiano al que se refiere el Papa, se fundó en la visión de la realidad del filósofo griego. Para Aristóteles, las cosas poseen una esencia y un fin propios. La modernidad, también hija de Occidente, fue desplazando ese fin desde las cosas hacia el arbitrio humano. Las cosas son lo que quiero que sean. Heidegger vio en ese proceso una manipulación de la técnica.

Y también eso piensa el papa Prevost. Pero analicemos más de cerca.

Son tres, osaría insinuar, las preguntas que subyacen en el texto de la encíclica: ¿es suficiente la técnica para una vida buena? La segunda: ¿cuál es la esencia de la tecnología? Y, finalmente, ¿cuál es el modelo de sociedad al que debemos apuntar?

León XIV no propone un rechazo de la técnica. Ni de la inteligencia artificial como tal. Pide, sin más, una evaluación, un discernimiento sobre su valor. Ello se debe a una tentación muy nuestra, muy humana: crear herramientas para fines humanos que, al final, terminan devorando a su inventor. El pontífice advierte que, históricamente, las sociedades olvidan esta verdad. Y, para no caer en ello, nos invita a recuperar la memoria de la doctrina social de la Iglesia para iluminar esta nueva realidad, como lo hizo su antecesor, León XIII, con las ideologías del siglo XIX.

Hoy, las cosas nuevas (rerum novarum) constituyen el advenimiento de la era de la inteligencia artificial “en la que el poder y la omnipresencia de las tecnologías emergentes se entrelazan con el tejido de la vida cotidiana, moldean los procesos de toma de decisiones (*4) El individuo está dejando de ser él mismo: único, racional, libre, que puede pensar, hacer y crear. Alguien, que no es él, u otra persona, ni Dios, dirige sus deseos, modelando su lenguaje, y organizando su vida social. Y respondiendo a sus preguntas.

Un “alguien” o “algo” sustituye su dignidad. Claro, para cierta cultura líquida contemporánea, esta noción resulta ingenua. Para León XIV, no, pues “la dignidad humana corre el riesgo de verse eclipsada por nuevas formas de deshumanización; tenemos el deber urgente de permanecer profundamente humanos” (15). Esta convicción es parte también de una tradición iluminista de Occidente, donde la persona posee un valor tal que Dios mismo —Cristo— muere por ella. Su grandeza es manifiesta. El propio Kant no precisamente un católico papista – en el siglo XVIII – lo expresa en términos filosóficos mediante su imperativo categórico: la persona es un fin en sí misma, nunca un medio. No es un instrumento. No tiene precio.

Y esa dignidad exige algo que la haga florecer, la vida buena. Es la felicidad. La cuestión planteada por León XIV deviene entonces el saber a qué bien humano sirve la tecnología y si ese bien contribuye realmente a ese florecimiento, a esa vida buena. Si nos hace felices.

Y ahí está, me temo, la insensatez de esta novedad. La tentación de creer que la vida buena puede ser reemplazada. La felicidad, el florecimiento humano —la eudaimonía, al decir de Aristóteles, o el progreso indefinido, como dirían los ilustrados— puede ser lograda por instituciones o estructuras sociales donde el ser humano puede ser modificado, él y su entorno, de manera indefinida por algoritmos, o modos de calcular. Es la utopía del transhumanismo de modificar al ser humano en búsqueda de la arcadia paradisiaca

Pero la historia humana ha demostrado —volviendo a la pregunta— que la técnica no es suficiente ni sustituto de la vida buena, de la felicidad. Esta es una verdad que los filósofos griegos ya intuían y que la tradición cristiana y, como veremos, incluso un ateo como Heidegger, afirman con energía: ninguna mediación sustituye la calidad de una vida vivida desde la interioridad humana.

De ahí el nombre de la encíclica, Magnifica Humanitas. ¿Quién hace magnífica a la humanidad? Cristo. Es la intuición de Chateaubriand, que había comprendido que el genio del cristianismo no disminuye al hombre, sino que lo revela en toda su grandeza. El Concilio Vaticano II lo enseñará con claridad en Gaudium et Spes (22): Cristo revela plenamente el hombre al propio hombre. Juan Pablo II retomará esa enseñanza en Redemptor Hominis, y el Papa Prevost vuelve a hacerse eco de ella en Magnifica Humanitas (49).  Sin esa dignidad que viene de lo Alto, podríamos creer que los algoritmos llegarán a conocernos mejor que nosotros mismos. Que no hay alma ni misterio alguno en el hombre. Que somos apenas datos, información procesable, como insinúa el influyente Yuval Noah Harari.

Esta revelación tiene una consecuencia práctica radical: no podemos delegar nuestra vida a ningún sustituto. La virtualización de las relaciones, la delegación del cuidado a algoritmos, la externalización de la responsabilidad moral a cálculos, desfiguran nuestra propia condición en favor de una realidad que apenas es un medio, un instrumento, una causa instrumental. Porque nosotros somos, como seres humanos, un fin en sí mismos. Pero eso ya adelanta una segunda cuestión, que abordaremos en el próximo artículo.