Corrupcion de la Palabra, Corrupcion de la Universidad

La universidad está en crisis. No tiene una palabra para la sociedad, está descompuesta. Esta realidad no es nueva. Lo cual no es un consuelo sino simplemente un hecho doloroso y patético. Es que, si habría alguna institución del estado y de la sociedad que no sufrió cambios sustanciales desde la época de la dictadura, ha sido la institución universitaria. Apenas caído el gobierno de Stroessner, el deseo fue cambiar la educación. Ese fue el deseo y el plan inicial, al cual, en pequeña forma pero insuficiente habíamos contribuido al inicio.

Pero la universidad, en su propuesta a una sociedad democrática y republicana, permaneció paralizada, empantanada en los hábitos de siempre: clientelismo, mediocridad, formalismo educativo. Pero el tema del cambio educativo, y lo mismo de la universidad, supone más que cambio de normas o de la institución misma. La universidad, como también la sociedad que la cobija, y nutre, requiere un cambio no sólo de piel sino de carne, de contenido.

Viendo todo este movimiento de jóvenes, muy positivo para el cambio, es legítimo preguntarse: ¿cuál sería el contenido de ese cambio? Es que si esa transformación se reduce a meros procedimientos, la cuestión no daría para mucho. Sería cuestión de poder. Tal vez un poder mas democrático, pero, la experiencia de veinticinco años no es tan generosa como estar seguro de ello. ¿Existe algún sujeto, una comunidad con auto-conciencia, de lo que supone una universidad? O hincando el diente en un problema más de fondo: ¿qué es una universidad y cuál es su rol en una república en el siglo veintiuno? Son preguntas cuyas respuestas son complejas, pero sería oportuno comenzar a replantearse.

Reparemos en una cosa. En nuestra incipiente democracia –lo universitario– lo profesional, el conocimiento de lo práctico, de lo inmediato y útil ha sofocado lo académico, y muy a menudo, se ha mofado, eliminándolo completamente. La universidad en general se ha mediatizado hacia la mera fábrica de títulos, pronta a una supuesta salida pronta laboral, olvidando que lo profesional se basa en la ciencia, la seriedad, la dimensión humana, humanista de los saberes. Y en algunos casos, ha inflado métodos e hipertrofiado didácticas, lo meramente formal, sustituyendo a contenidos de valores.

Todo esto, me parece, ha impedido saber a dónde queremos ir, qué modelo de sociedad democrática sería más humana y solidaria, o en muchos casos, qué es lo que hace que una república sea tal. No debe sorprendernos entonces la queja de que nuestra universidad no estudia, no investiga, no hace ciencia. No debe extrañarnos, mucho menos, de la protesta ante la crisis de la ética y la corrupción generalizada. No debemos lamentarnos tampoco, cuando vemos que no existe el “gusto” por el estudio entre nuestros estudiantes. Es que sin el valor académico y con la ausencia de maestros, es muy difícil que el saber atraiga.

Si esta crisis es la ocasión para la refundación de la universidad, entonces la misma debe retomar la primacía de lo humano y sus valores por sobre lo meramente profesional lo que, traducido en un contexto más inmediato, supone la recuperación del sentido de las humanidades, el valor de la ciencia, y sobre todo, el estudio y la contemplación del arte. Si hay corrupción, es que existen ciudadanos corruptos. Pero si esto es así: ¿qué es lo que hace moral a un ser humano? La conciencia cívica es, así, el campo de batalla donde se ventilan los conflictos para mejorar las instituciones. Pero, ¿posee nuestra comunidad política un punto sustantivo, de fundamento para dar razones de lo que constituye la persona humana? Es que pareciera, habida cuenta del mero subjetivismo moral, que no se sabe mucho. Y esa incertidumbre, también es parte del problema.

Le oí decir una vez a mi maestro Secundino Núñez que la universidad debe ser la sede del logos, de la palabra, de la razón y como tal, el lugar del diálogo, del encuentro de aquellos que quieren arrebatar la verdad a los misterios de la realidad. Pero si esa palabra reside en personas que solo buscan el poder, el engaño, o la mera politización, todo lo demás se corrompe. Se corrompe la palabra, el diálogo, el saber. Y arrastra a todo lo demás: las relaciones, a los profesores, funcionarios, y alumnos en algunos casos. La universidad como lugar de la mente deja de ser la patria de la verdad, y deviene en la patria de la mentira. Como dice el viejo dicho: por su boca cae el pez, y por su mente comienza a pudrirse el ser humano.

La corrupción de la universidad se inicia con la corrupción de la palabra. Una sociedad que no es sincera consigo misma, y confía sólo en el poder no tiene futuro. Quizás el problema de qué es la universidad sea un problema de expresión de nosotros mismos, de falta de respuesta ante la verdad de nosotros mismos. ¿Realmente valoramos el saber, o la ciencia, o las humanidades? Es que solamente un magisterio que sea verdadero, es digno de ser escuchado y por eso atrae. Nadie sigue, se inspira, da dinero por una institución sin pasión, un científico sin alma, un jurista sin justicia, un filósofo sin verdad, un político sin escrúpulos. Quizás el problema de qué es la universidad, sea un problema de expresión, de respuesta ante la belleza de la realidad.

La Nacion http://www.lanacion.com.py/2015/10/08/corrupcion-de-la-palabra-corrupcion-de-la-universidad/