El 11-S de la Iglesia: Una crisis sin precedentes

“Los abusos son el 11 de setiembre de la Iglesia”Monseñor Gänswein, secretario de Benedicto XVI.

Hace más de un año, el entonces cardenal Carlo Cafarra escribía unas palabras certeras y premonitorias: el que afirme –decía– que no hay confusión en la Iglesia (Católica) es que está ciego, que no quiere ver. El fallecido cardenal, conocido en el mundo eclesial por su calibre intelectual y por fundar y liderar el Instituto Juan Pablo II del Matrimonio y la Familia en 1982 (instituto que fue transformado recientemente por el papa Francisco), señalaba uno de los signos históricos inequívocos de la Iglesia hoy: la enorme confusión doctrinaria reflejada en las más diversas interpretaciones, contradictorias entre sí, sobre cuestiones centrales a la fe: la del resbaladizo y ambiguo estatuto de los divorciados y vueltos a casar, la recepción de la eucaristía por no católicos y la penetración de una moral de situación privatista fundada en una conciencia creativa individual. Pero, entonces, ¿qué significa ser católico? No es de extrañar que el propio Cafarra fuera uno de los cuatro cardenales protagonistas de la Dubia (las “Dudas”) que se le formularan entonces al papa Francisco sobre estas delicadas cuestiones.

Pero eso era hace más de un año. No ha habido respuesta a estas dudas de parte del Vaticano.

La denuncia al inicio del verano boreal contra Theodore McCarrick, ex obispo de Washington y uno de los más influyentes cardenales de la Curia romana, de haber abusado de menores y seminaristas por varios años, explotó como una granada de fragmentación. Es que McCarrick fue clave en “liderar” los presuntos cambios para limpiar la Iglesia en los Estados Unidos, de abusos de menores, luego de la crisis de Boston en el 2002. Hoy, la gente se ha percatado de que el protocolo usado había dejado en “actividad” a personajes siniestros como MacCarrick.

Pero hubo más cosas. A fines del mes de agosto, el fiscal general del estado de Pensilvania presentó los resultados de una investigación de año y medio de varias diócesis del Estado, con el pasmoso resultado narrado en sus más de mil páginas y en las que aparecen por lo menos mil víctimas y los nombres de por lo menos trescientos sacerdotes que aparentemente habrían abusado de las mismas. El informe investigativo describe realidades inenarrables, más dignas de un grupo mafioso que de la Iglesia de Cristo. Cuesta escribir sobre esto. El caso del actual cardenal obispo de Washington es el más doloroso. De una manera u otra, es citado casi doscientas veces en la investigación.

Y aun más. Días después, y en un inesperado testimonio, un antiguo funcionario del Vaticano, el ex nuncio (embajador) en Washington, Carlo María Vigano, publica una carta de más de diez páginas en las que detalla una serie ininterrumpida de corruptelas y corrupciones que habría llevado al entonces cardenal McCarrick a la comisión de delitos que se le acusan. Vigano afirma que habría enviado informes sobre McCarrick a sus superiores, pero que los mismos habrían sido ignorados por los entonces secretarios de Estado de Juan Pablo II y Benedicto XVI. Para Vigano, también el arzobispo de Washington, Donald Wuerl, sucesor de McCarrick, sabía de las denuncias, pues él mismo se las dijo, pero que Wuerl las habría ignorado. Vigano fue, incluso, más lejos y pidió la renuncia del papa Francisco, alegando que el pontífice conocía desde hacía tiempo las acusaciones de abusos sexuales sobre el cardenal Theodore McCarrick.

Sobre todo esto no ha habido respuesta concreta del papa Francisco. Solo decidió mantenerse en silencio y llamar el próximo año a un sínodo de obispos para estudiar la cuestión. ¿Pero no han sido precisamente los obispos y su estilo de gobernar parte del problema?

En todo esto existe una, o tal vez, más de una tentación. La primera es decir que todo esto se reduce a una cuestión de lucha eclesial en países ricos y consumistas y nada más. Pero los datos indican algo más. La serie de denuncias de abusos a derechos fundamentales cubre a más de un país, a más de un continente. Holanda, Alemania, Irlanda, Estados Unidos, Australia, Honduras, Chile. ¿Para qué seguir? Negar esta realidad o sostener que este asunto es cosa interna de la Iglesia y que, por lo mismo, debe “solucionarse” dentro de la casa me parece horrible. No nos hace más fieles, sino lo contrario.

La segunda es el impulso, casi irrefrenable, de reducir solamente a una crisis moral. Y tampoco vale, me parece, afirmar aquello de que todos somos pecadores, que parece más una coartada que beneficia a estos abusadores. Lo somos, pero no todos ni la mayoría de los sacerdotes son corruptores de menores. Tercero, esta crisis señala una reducción de la fe a una cuestión meramente abstracta, sin relación con la experiencia de la vida. Es muy raro hoy asistir a una liturgia en la que la centralidad de Cristo y la experiencia humana de este encuentro se predique. El anuncio de la fe se ha ideologizado convirtiéndose, en el juicio de muchos clérigos, a una cuestión de compromiso social y político. La fe como experiencia del sujeto, de ese yo que somos, es ignorada. No es políticamente correcta. O es conservadora, como me lo dijo una vez, expresamente, algún clérigo olvidadizo cuando le recordé que la verdadera reforma comienza con la conversión de ellos mismos.

La Iglesia está en crisis, la más profunda quizás en quinientos años. El tsunami de la posmodernidad ya le ha alcanzado.Y su superación exige, por cierto, transparencia, justicia para las víctimas. Pero no solo eso: si queremos, con San Ambrosio, que sea santa y sin mácula, aun cuando acoja en ella a hombres manchados de pecado, se debe reconocer que el primer escándalo es el de no predicar a Cristo muerto y resucitado, y menos de vivirlo transformado todo a una ingeniería social. Si esto no se da, toda presunta reforma solo blanqueará sepulcros.