Trump: ¿populismo o pragmatismo?

El tema del populismo y de la bondad o maldad de esa “forma” de gobierno, está puesto a debate. Y parece que el ojo de la tormenta es la presidencia del millonario Donald J. Trump. ¿Es el régimen trumpista un régimen populista? Y si lo es, ¿no estamos ante un Hitler en potencia como dicen algunos? Confieso que a mi me parece más que saludable este debate que, creo, nos debe llevar a algo incluso más profundo: qué es lo que ocurre en el mundo para que se recurra a populismos. Una crisis es después de todo, al decir de Hannah Arendt, una oportunidad para hacernos preguntas más hondas. Convengamos. Existen numerosas decisiones de políticas públicas del “trumpismo” que son más que discutibles. De eso no cabe duda. Pero sugerir a que el sistema se desliza hacia una supuesta república de Weimar indica un desconocimiento de qué es un régimen republicano.

Lo que me preocupa es la simplificación de la calificación de “populista” a cualquier régimen –no a su líder que sería otra cosa– sin atender a su conformación institucional. Y eso supone no darse cuenta de lo que es la ciencia política –si, la política es una ciencia– pero no igual a la química y menos, digamos, a las matemáticas. La ciencia de la política es una forma de cómo debe organizarse una sociedad para lograr el bien común. Ese deber ser indica la necesidad de una forma de gobierno de llenar ciertos requisitos, aunque no siempre los cumpla. ¿Cuáles serían, entonces, los de un régimen al que se lo llama peyorativamente, populista?

Se debe advertir que lo primero es afirmar que existen populismos –en plural– con algunas características comunes, y de ahí que el concepto suponga circunstancias y matices. Miremos a tres aspectos fundamentales –dejando de lado particularidades– que apuntan a lo que es un populismo.

Lo primero: un régimen populista apela a la mayoría democrática no solo como fuente de legitimidad sino como razón de una constante modificación de normas constitucionales. Lo político-democrático es prioritario, lo constitucional-institucional, secundario. Democrático, insisto, como mayoría que “manda’, siendo el marco constitucional un apéndice del mismo.

Segundo, un régimen populista da preferencia a los afectos. Es vital, y se alimenta de una visión cuasi-romántica del “pueblo”. Es altamente ideologizado, y peor, voluntarista y por eso tropieza con enormes dificultades al no poder “torcer” la voluntad de todos los ciudadanos. No es pragmático, ni mucho menos, sino rígido, inflexible. Apela al juicio casi “místico”, “gelatinoso”, laudatorio del pueblo hacia sus líderes. No busca arreglos ni negociaciones sino, por el contrario, hace que todos se “incorporen” a ese querer mesiánico del pueblo. Por último, los populismos rechazan la virtud cívica del autogobierno de la persona. Es el todo, Estado o pueblo quien protagoniza como voluntad única. No es de extrañar, entonces, que genere una “cultura” maniquea, de lo bueno o malo conforme a la voluntad popular.

Yendo al nudo de la cuestión. ¿Es el actual régimen norteamericano populista conforme a lo expresado? La respuesta no puede ser sino negativa. El régimen norteamericano es una república, o si se me apura, un régimen de autogobierno de frenos y contrapesos. La democracia que surge de las bases, se autogestiona si es fundada en la persuasión, la deliberación que supone procedimientos, reglas preestablecidas, pero también valores sustantivos, los derechos humanos. Así, la ciudadanía deliberante con sus mayorías y minorías, está balanceada por la regla constitucional. El hecho de que, precisamente, Trump no obtuviera la mayoría del voto popular, y aun fuera elegido por el colegio electoral, muestra la naturaleza republicana, y no democrático-populista del régimen.

Mirando al segundo aspecto: ¿es ideológico, vital o voluntarista el “trumpismo”? Me atrevo a sugerir que parece y pretende populista pero que no lo es. Creo que, irónicamente, es altamente pragmático, busca la utilidad, persigue los intereses de grupos minoritarios sin importar mucho lo que las mayorías digan. En cierto sentido, posee la marca del pragmatismo típicamente americano de alguien no precisamente conservador. Me refiero a John Dewey. No debe pasar desapercibido que Trump genera controversias para, luego de la confrontación, llegar al arreglo pragmático. No es un político pulido con “cintura” política ni un ideólogo con ideas refinadas: es un hombre de negocios que quiere, pragmáticamente, administrar un territorio que en cierta manera le es extraño.

Y esto último se puede relacionar con la noción de virtud cívica. Me temo que Trump carece del temperamento y la paciencia propios para sostener y enriquecer las deliberaciones del contenido de una república. Su gabinete es más una junta de directores que un organismo político. De ahí que la impaciencia de Trump pareciera reflejar un populismo implícito. Para mí es más inexperiencia en su formación que una postura ideológica. Lo que le falta es, ciertamente, virtud cívica, que se nota en la intemperancia de sus tuits, declaraciones intempestivas, reacciones primarias, de las que a veces se retracta, otras veces no. Más que reveladores han sido, esta semana, las casi inadvertidas declaraciones de su propio candidato a la Suprema Corte que dijo se sentía “descorazonado” por la crítica de Trump a los jueces que rechazaron su orden migratoria.

Así, para el juez nominado por el mismo Trump, el Estado de Derecho tiene prioridad a los intereses político de su presidente. Para concluir, no me parece exacto aquello de que el trumpismo sea una suerte de “hitlerización”. Eso no es más que una hipérbole ideológica interesada de sus adversarios políticos más que la realidad de las cosas. Hipérbole cuya realidad, de ser cierta, implicaría el absurdo de creer que el régimen constitucional de Madison esté a merced de los grupos de asalto tipo SS. Y sostener eso seria una temeridad.

 

 

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