El progreso inevitable
Vivimos la era del conocimiento y donde se afirma que la adquisición del mismo es una cuestión de poder. O dicho de manera distinta; un asunto de vida y muerte, pues el poder es la llave que nos permite acceder al progreso, la prosperidad y en última instancia a la felicidad, entendida como la satisfacción y el gozo en el logro de las necesidades humanas.
“Conocer es poder”, se dice siguiendo -al parecer- a aquella afirmación del inglés Francis Bacon a los inicios de la modernidad científica de que solo un método cuantitativo -lo que se palpa con las manos o se huele con el olfato- las más de las veces, nos garantizará la existencia de las cosas. Es la secularización de Tomás el apóstol que exigía el tocar para creer. El resto sería ilusorio, pues no tendría la certeza del conocimiento concreto y específico.
Pero hay más. Esta falsa creencia, pues cree en una afirmación sin mirar con detenimientos la razonabilidad de la misma, nos llevaría a un progreso inevitable. Sin freno. Progreso es ir hacia adelante, de lo menos hacia lo más, de épocas oscuras a épocas más claras y brillantes, y todo gracias a la información que generamos y que proveemos a los ciudadanos.
Progresista será, entonces, el que cree en el poder de la información. Todo es cuestión de esperar y esto, en la producción de bienes y servicios, se tornará fatal, resultará necesario, inevitable. Este es, digámoslos de una vez, la pretensión y el argumento de ideologías que miran al poder, el del Estado o grupos económicos irrestrictos, como motor del cambio y de la historia.
Fíjese, primero, las ideologías que confieren primacía a la política y al Estado de manera absoluta, aquellas que afirman que todo es política y que, por lo tanto, la realidad entera, incluso lo personal, es política. Aquí, la creencia del progreso supondría la formación de una intelligentsia política y partidaria, o partidarias, que sean las depositarias del saber, y tendrían las llaves para sacar adelante a la ciudadanía que confía en ellos. Es la mera identificación de la sociedad, el Estado y el poder y el cocimiento de un grupo, haciendo de dichas realidades el fin de la solución a los problemas; en una palabra, el progreso.
La política deviene así, insistimos, en sinónimo de progreso. La política agota toda la realidad. Si hay un problema, un cambio político lo solucionará. Es el sistema de los iluminados una verdadera burla a una república, pues lo de autogobierno se transforma en encubrimiento para aquellos que fungen de técnicos del progreso. Por eso esta postura exige reelección o cambio constitucional cuando es necesario.
Los populismos y totalitarismos de izquierda se han esmerado en profundizar esta avenida hacia el progreso. Pero el progresismo también hinca sus fauces en las ideologías irrestrictas de derecha que dan primacía absoluta al orden económico. Si no hay progreso, será porque no existen reformas económicas consistentes y profundas. La política sería el problema, la economía, la solución. La moral será un estorbo que obstaculiza la competencia. Apenas una excusa que arguyen los débiles de carácter para impedir la fuerza de progreso del mercado. En todo caso, lo que importa es el bien común mensurable. Lo demás se daría por añadidura.
Pero la historia es un testimonio difícil de refutar. En ambos casos, si lo político o lo económico determinan el progreso, la evidencia muestra que no siempre ni necesariamente es así. Repárese en el derrumbe ideológico del totalitarismo, la debacle financiera que es “salvada” por el contribuyente menor.
En todo caso, el progreso no es ni económico ni político. Y no lo es, pues la unidad de la realidad es la unidad de la persona que no crece o progresa desarrollando solo un aspecto. Requiere un crecimiento orgánico, pues el ser humano es un organismo que exige nutrientes que no sean solamente realidades políticas o económicas sino también morales, existenciales y, por lo pronto, religiosas.
¿Quiere decir esto que lo religioso afecta el progreso? Ciertamente y mucho. Ya Max Weber había entrevisto ello al inicio de la modernidad y lo que importa es no caer en la credulidad de que el progreso se obtiene con una sociedad desnuda, desvestida de religiosidad. Progreso sí, pero no inevitable sino perfectible, integral, humano y con sentido religioso.










