Una democracia necesita tiempo

La democracia, como forma de gobierno es una cascara vacía. En sí, no vale nada, o tal vez – para no exacerbar la crítica, significa muy poco. Es que, para ser de calidad,  una democracia supone vida, y vida humana buena. No existe algo así como democracia “innata” ni mucho menos, o peor, tampoco aquello de demócratas “innatos” o “congénitos.” Nada de eso. La democracia requiere de personas que pueden, por el hecho de ser tales, y no animales, potenciar su humanidad en virtudes operativas – buena conducta – que sirva de nutriente para una ciudadanía responsable. Solo una sociedad civil de ciudadanos responsables genera y maduran la democracia. Pero ésta no amanece por la sanción de leyes o la aprobación de códigos éticos;  el contenido moral de la democracia no existe.

Reflexionemos sobre esto. Para ello echemos un vistazo a un  principio que viene de antiguo pero que, por el laberinto de informaciones que recibimos a diario, no nos percatamos de su riqueza en la experiencia de nuestras vidas. Y es éste;  aquel o aquella persona que recibe – una enseñanza, o unos valores  – los recibe conforme a su modo de ser o estado en la vida. Nada se debe imponer, de sopetón. La existencia humana, como nuestra biología, sigue ciertos ritmos y exigencias; y  no se pueden forzar los tiempos. Exigir a una persona que está inmersa en la inmoralidad y las drogas, que sea santa sería, no sólo pedagógicamente irracional, sino existencialmente imposible.  Violaría, a todas vistas,  dicho principio.

Así como una alimentación a “marcha forzada” sería tan nociva para un convaleciente, así también demandar algo inalcanzable a un individuo en un momento de debilidad y depresión, violaría  la regla de recibir una enseñanza conforme al estado de la persona que la recibe. La cuestión es que la realidad de la vida debe tener en cuenta los tiempos y los procesos de maduración de las personas. Pero volvamos a la democracia, y miremos como se aplica con igual sabiduría y rigor en la vida política. Democracia significa calidad de los sujetos que la conforman. Y ello, a su vez, exige un comportamiento de los ciudadanos que obedecen a un proceso de crecimiento paulatino.

Esto nos lleva a un punto central: y es que la vida moral de un sistema político – la democracia republicana en nuestro contexto – no se la puede hacer realidad por la mera sanción de leyes. Una virtud, o el ejercicio de responsabilidades ciudadanas, de la honestidad, y el trabajo disciplinado, la iniciativa y creatividad en los compromisos, no se improvisan. La virtud no es norma ni se crea por una norma sino que nace de una vida o de vidas que se fecundan por un sentido humano que nace  y las motiva “antes.”  ¿Qué es ese antes al que me refiero? Sencillo, es una vida con ideales.

Si el problema de la baja calidad de la democracia es la moral pobre, el problema de ésta es la falta de ideales. Esa es la queja, precisamente, que se evidencia en el desgano de la juventud respecto a la política; en su desconfianza o su canje de los ideales por meros pasatiempos mediáticos o consumistas.  Pero, ¿no es ese formalismo de creer que la democracia es cuestión de normas y de sistemas lo que ha matado los ideales?  Las nuevas democracias y las de America Latina  no son ajenas a ello, creyeron, con la credulidad propia del incauto, que la motivación era poner de “moda” la moral o el cambiar solo de constitución, pero olvidando aquel principio de que una persona recibe conforme a su estado en la vida. Y ese estado solo se mueve cuando los formadores de conciencia viven una memoria tal que cambia su vida. Y aquí, permítame el lector, que “inyecte” el secreto cristiano; no se puede mover moralmente si no existe una gracia motivante anterior.

Pero no se asuste tampoco; esto lo advertía también el premio Nobel Albert  Camus, alguien no sospechoso de creer en  la trascendencia o Dios, quien decía que nadie muere por el cálculo infinitesimal o una fórmula, uno muere por un ideal. Ese es, me atrevería a concluir, el relleno que una democracia necesita para no ser una cáscara vacía.

Mario Ramos Reyes